La lengua no es solo un medio para compartir cultura, sino una parte esencial de ella. A través del lenguaje, las personas entienden el mundo que las rodea, expresan lo que sienten y piensan, y se relacionan con los demás. Por eso, la lengua no es algo neutral: forma parte activa de cómo las personas piensan y viven su cultura (Sánchez Lobato, 1999, p. 5–6).
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Cuando hablamos de traducción, no se trata solo de cambiar palabras de un idioma a otro. El traductor también transmite ideas, costumbres y formas de ver el mundo. Esto significa que su trabajo está lleno de decisiones culturales, ya que debe adaptar el mensaje para que tenga sentido en otra sociedad. Así, la traducción ayuda a unir culturas diferentes y muestra cómo cada idioma tiene su forma propia de ver la realidad (Sánchez, 2022, p. 317–319).
Además, tanto el lenguaje como la cultura cambian con el tiempo. Aunque la lengua tiene partes que se mantienen estables, también se transforma cuando la sociedad cambia. Por ejemplo, surgen palabras nuevas o se usan expresiones diferentes según la época. Esto muestra que el lenguaje no es algo cerrado, sino algo vivo y flexible (Sánchez Lobato, 1999, p. 7).
Por último, para poder hablar bien un idioma, no solo hay que conocer las palabras o la gramática, sino también entender la cultura de las personas que lo usan. Esto es lo que se llama tener competencia intercultural. El lenguaje, entonces, no solo sirve para comunicarse, sino también para organizar, proteger y transmitir la cultura de una comunidad (Sánchez Lobato, 1999, p. 9–10; Sánchez, 2022, p. 320).
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